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jueves, 1 de marzo de 2012

ENTREVISTA: Una deuda filial

La República, Lima, jueves 01 de marzo de 2012

“NOS ENSEÑÓ LA CÓLERA, PERO TAMBIEN LA DIGNIDAD”

Alfredo Pita. El escritor cajamarquino ha publicado Días de sol y silencio, un libro testimonial sobre su amistad con José María Arguedas, autor que a pesar de su ausencia, hoy está, como estuvo ayer, junto a los jóvenes.

Por Pedro Escribano

En Lima. Alfredo Pita en el mítico café bar Cordano, en donde solía reunirse la crema y nata de los intelectuales peruanos.

El libro más reciente de Alfredo Pita, Días de sol y silencio —una incursión en la memoria de una singular amistad, la que unió, hace cuatro décadas, a José María Arguedas con un joven estudiante sanmarquino que no estaba seguro de ser poeta pero que soñaba firmemente con ser escritor—, se vende en estos días en las librerías limeñas, beneficiándose de un comprensible efecto de “boca a oreja” que lo exime de mayor publicidad.
Sin duda la sombra del gran escritor y la curiosidad que despiertan su existencia, su final, la atmósfera de su vida doméstica en sus años postreros, tienen que ver con esta acogida más que positiva, y a la que contribuye también, sin duda, la prosa honesta con la que el narrador cajamarquino elabora su testimonio, sin dejar de lado las impactantes fotografías de Olga Luna, que no hay que vacilar en calificar de históricas y que han sido incluidas en el cuidado volumen (porque esto también hay que decirlo, se trata de una impecable edición de la Universidad Inca Garcilaso).

¿Cómo ocurrió que Arguedas fuera tu amigo?, algunos dicen que era muy huraño.
José María, como todos los seres humanos, tenía muchas facetas. Y con frecuencia era un ser ensimismado, sí. Pero sin duda tenía vocación de maestro y podía ser amigo sincero y directo de los jóvenes. Tuve la suerte de beneficiarme de su amistad.

Como Gardel, José María Arguedas es cada vez más popular. ¿Cómo explicas esto?
Los pueblos y las nuevas generaciones necesitan mitos que los ayuden a comprender el pasado, el presente y que los armen ante el porvenir, sobre todo cuando hay crisis.

Arguedas es muy popular entre los jóvenes, incluso entre quienes no lo han leído.
No es de extrañar. El Perú de hoy, que algunos pintan como disparado hacia el desarrollo, sigue siendo desigual, injusto y cubierto de las viejas taras que explican históricamente nuestro atraso y subdesarrollo. Arguedas es alguien que pensó el Perú en su complejidad e intentó hallar salidas. El respeto de los peruanos de abajo fue su propuesta clave.

¿El escritor, además de artista, es un conductor moral, social…?
Este rol se disipa cada vez más, pero Arguedas lo fue.

¿Como se da esto? Arguedas desapareció y la sociedad ha cambiado...
No tanto como parece. En las relaciones sociales básicas hay desigualdad e injusticia como antes, e incluso más. El discurso sobre las bondades del mercado es hegemónico y deshumanizante. Lo vemos hoy en Cajamarca. El desprecio, el racismo y la segregación han reaparecido con virulencia, aunque disfrazados. Arguedas alentó la reacción. Él nos enseñó la cólera, pero también la dignidad. Por eso su voz suena.

¿Cómo así?
José María, en sus últimos escritos, dijo algo muy claro: que frente al horror social debíamos reaccionar con cólera, nunca con rabia. Este es un fundamento ético que asumen los jóvenes en su lucha cada vez más consciente en pos de una sociedad más justa y democrática.

Tu libro cerró el Año Arguedas, ¿esa fue tu intención?
Ni el libro ni su fecha de aparición fueron premeditados. Yo nunca pensé escribir un libro sobre mi relación con José María, Sybila y su familia. Mi editor, Lucas Lavado, me puso en una disyuntiva grave: “Eres el único escritor peruano que siendo joven tuvo acceso a la familia de los Arguedas. Si tú no dices algo, ¿quién lo va a hacer?” Me hizo el pedido a mediados del año pasado. El libro salió en diciembre.

¿Estás contento con el resultado?
Estoy como de retorno de un viaje a otro mundo y a otra edad, hecho con la experiencia que me ha dado la vida. Estoy contento, además, pues tengo la sensación de haber pagado una deuda filial.

Dato:
Presentación. Días de sol y silencio hoy en el auditorio José Watanabe, de la Feria Internacional de libro en Trujillo, 5 pm.

martes, 10 de agosto de 2004

EL ROBO DEL CADAVER DE ARGUEDAS

La República - Lima, 5 de julio de 2004

CONTRA LA NECROFAGIA

Por Alfredo Pita
El secuestro, el robo del cadáver de José María Arguedas (porque esto es exactamente lo que ha ocurrido y no otra cosa, puesto que no se respetó la voluntad de la viuda ni de otros familiares inmediatos del extinto) es un hecho desolador y bochornoso, necrófago, impensable en cualquier lugar civilizado del mundo, incluso en el Perú caótico y desmadejado de hoy. Los que a escondidas han cometido la fechoría aparentan haber actuado así por fidelidad a la memoria del escritor, pero se olvidan que éste nunca pidió este retorno infeliz, forzado o no forzado, a su tierra.
Es más, en su hora postrera, José María instruyó con minucia y detalle sobre cómo quería que fueran sus exequias (obviamente en Lima, lo queramos o no la ciudad de "todas las sangres" donde él se hizo maestro y creador). Y, sabiendo lo que él representaba para los otros, reclamó la compañía final de la juventud, de los trabajadores y del pueblo peruano en general, no una ceremonia particularista, regional, excluyente, en la que involuntariamente sus restos, su imagen y su memoria se convierten en "patrimonio" de sólo unos cuantos.
La verdad de todo esto es que algunos muertos no tienen suerte y no siempre descansan de verdad en paz, como merecerían, porque siempre habrá algún vivo que intentará aprovecharse de sus despojos con inconfesables fines. El respeto, la memoria, la fidelidad son los pretextos. Lo que mueve en realidad a los violadores de tumbas es intentar lucrar con el muerto, apropiarse de unas hilachas de su gloria, granjearse el beneficio inmediato que da la polémica y el escándalo para convertirlos luego en ganancia política, electoral, en clientelismo de club regional, en componenda y compadrazgo de chichería.
Lo afirmo rotundamente, José María Arguedas nunca estuvo de acuerdo con estas mojigangas, que se lo pregunten a Máximo Damián, a Racila Ramírez, a Jaime Guardia, y a otros de sus amigos más cercanos, apurimeños o ayacuchanos, huancaínos o chimbotanos. No a los notables de hoy, que sin haber leído al maestro, y menos haber meditado en lo que fue su combate esencial, se han permitido tocar sus restos para medrar con su nombre.
Otro gran escritor peruano, César Vallejo, descansa tranquilo en París, protegido por la distancia y la lápida que su viuda puso sobre su tumba, en el cementerio de Montparnasse: "César Vallejo, que siempre quiso descansar aquí". Pero protegido sobre todo por el tino y el buen entendimiento que los peruanos, gobernantes y lectores de toda edad, siempre han tenido de que él está bien donde está porque su vida fue como fue y su agonía y muerte fueron como fueron. Ningún político de alta o poca monta tiene derecho a hacer discursos al respecto y menos a sacar tajada de su sueño final, sobre todo después de que el poeta nunca recibiera, en vida, muestras de mayor consideración oficial. No me cuesta mucho imaginar el conflicto que se armaría si a algún robacadáveres o traficante de huesos célebres se le ocurriera intentar alterar el reposo del santiagochuquino universal.
José María Arguedas, el amigo y maestro de mi generación -al que cantando y llorando, esa tarde terrible de diciembre de 1969, llevamos hasta El Ángel en una multitudinaria manifestación que lo hubiera reconfortado-, no ha tenido esta dicha y sus restos están ahora embarcados en un insomne e involuntario periplo, en manos de una banda de señores de pueblo, de esa laya de "principales" que él siempre aborreció.
Pido a las autoridades peruanas, a las más altas en particular, que pongan cuanto antes término a este atropello carnavalesco que nos cubre de vergüenza a todos los que queremos a nuestro país y a sus mejores hijos. Los responsables políticos del Perú, en todos los escalones, más harían por el futuro de la patria, por nuestra juventud y nuestro pueblo, protegiendo la lectura, editando libros en forma masiva, divulgando intensamente la obra de Arguedas, de Vallejo, de Alegría, de Scorza, etc., que dedicándose a, o permitiendo, la necrofagia y otros siniestros excesos.

París, 2 de julio de 2004