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miércoles, 6 de marzo de 2013

UN INSURGENTE DE NUESTRO TIEMPO

Chavez era un militar latinoamericano, con la formación y las limitaciones de un militar latinoamericano, pero no se quedó allí. No era el rebelde intelectual, humanista e ilustrado que nos hubiera gustado, pero lo valioso es que se trascendió a si mismo. De ser el militar formado para obedecer a los poderes factuales que nos atenazan y asfixian, avanzó hacia el militar rebelde que se hace cargo del sufrimiento y de las necesidades de su pueblo e intenta remediarlos. Y su poder surgió y fue ratificado por las urnas democráticas, lo que obvian con sospechosa ligereza sus múltiples críticos, dóciles a las señas del imperio y golpistas contra sus propios pueblos cuando hace falta.
Imbuido de su bolivarismo y de su espíritu flamígero y singular, Hugo Chávez pensó el problema de la integración y la unidad latinoamericanas como único medio para salir de nuestra condición de estados neocoloniales, gobernados por poderes fácticos que obedecen a intereses ajenos. Su estilo era tal vez no muy refinado, pero su acción y su mensaje exploraron los caminos por los que nuestro subcontinente deberá avanzar para un día ser plenamente libre. Más que uno de nuestros próceres, quien ha muerto, sin duda, es un hermano actual. Un insurgente de nuestro tiempo, alguien que, con carencias y defectos, se planteó el problema de la dependencia y el sometimiento a un orden que decide por nosotros el destino que merecemos. Así debemos verlo. Su muerte alegra a la derecha cavernaria de todo el continente, pero duele a los pueblos. Esto es lo que cuenta para mí.
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El que en Estados Unidos haya gente como el director Oliver Stone y el actor Sean Penn, que hacen esfuerzos por entender el rumbo que quieren tomar Venezuela y los otros pueblos nuestros, me reconforta y alienta. Vean como Stone pinta a Chávez en este documental:
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lunes, 28 de enero de 2013

UCHURACCAY O EL SILENCIO DE LOS ASESINOS

Por Alfredo Pita
Fui uno los periodistas que llegaron a Ayacucho inmediatamente después de la masacre de Uchuraccay, hace treinta años. Entre los colegas asesinados estuvieron dos queridos amigos: el redactor Eduardo de la Piniella y el fotógrafo Pedro Sánchez Gavidia. No estuve en la terrible exhumación de mis colegas, pero sí en las diligencias posteriores, y, luego, en Lima, en su sepelio. Yo, Alfredo Pita, tomé el lugar de Eduardo de la Piniella en Ayacucho, como enviado especial de El Diario de Marka.
¿Cómo ocurrió la masacre, aquel el 26 de enero de 1983? ¿Quiénes participaron en ella? ¿Quiénes la decidieron? ¿Fue un hecho fortuito o fue calculado? Estas y muchas otras preguntas siguen sin respuesta. Siguen encubiertas por el denominado ‘secreto militar’.
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Siete de los ocho reporteros, a pocas horas de la tragedia.
La información, datos y testimonios que recogí a través de mi trabajo en Ayacucho me ayudaron a hacerme una idea global de la tragedia. Uchuraccay, y la masacre previa de Huaychao, que lanzó a los periodistas en búsqueda de información y los llevó a la muerte, no fueron, como pensaban algunos colegas entonces, el inicio de una política de amedrentamiento y silenciamiento del periodismo. Fueron la primera evidencia clamorosa, que escapó del marco ayacuchano, de que estábamos en plena guerra sucia, de que había una masacre silenciosa, de campesinos y sospechosos, y de que, tal como iban las cosas, esa masacre iba a multiplicarse en forma exponencial.
El periodismo “grande” y la sociedad entera callaban. Al margen de algunas pocas voces alarmadas, indignadas, callaban hasta los intelectuales. Y este silencio hablaba de la sociedad peruana y de su estado de conciencia en aquellos días. La Comisión de la Verdad tuvo toda la razón al señalar que hubo responsabilidad y silencio colectivos; pero lo que se olvido de decir y subrayar es que, si se hubiera denunciado la guerra sucia en aquel momento y se hubiese propuesto, y hasta impuesto, medidas inmediatas para detenerla, tal vez se hubiera evitado que la tragedia nos desangrara por quince años.
Ha quedado en mí, para siempre, indeleble, la impresión que tuve cuando entré en la habitación que habían ocupado Eduardo y Pedro, en el hostal Santa Rosa, al ver sus cosas, sus papeles, la maquinilla de escribir de Eduardo sobre la mesa, con una hoja de papel puesta en el rodillo. También martillean mi memoria los muchos cadáveres que vi en esos días, de gente ejecutada por unos y otros, en los alrededores de la ciudad. El olor de la muerte, con su cortejo de gestos congelados, sangre seca y moscas, se queda en uno definitivamente.
Nunca sabremos exactamente quién mató a quién aquella tarde en las laderas de Uchuraccay. Nunca sabremos cómo fue el instante postrero de cada uno de los periodistas y del guía que allí murieron, y a quienes hoy recordamos con dolor intacto. Nunca sabremos quién fue el asesino inmediato, el que dio el último golpe, el golpe mortal que acabó con la vida de cada uno de nuestros amigos y colegas que, buscando la verdad, murieron en ese rincón olvidado del Perú. Sólo nos queda la imaginación herida, la frustración, la amargura, una inextinguible sed de justicia.
Es hora, sin embargo, de establecer responsabilidades, de dejar en claro quiénes y cuándo decidieron las políticas que terminaron en la tragedia de Uchuraccay, y quiénes concibieron e impusieron, o permitieron, la masacre que terminó con la vida de miles y miles de peruanos inocentes como nuestros mártires.
Uchuraccay fue un episodio de la guerra sucia cuyos efectos llegaron hasta Lima, pero que no fueron suficientes como para desatar una reacción ciudadana frente a la sangría ayacuchana, que nadie quería ver en toda su dimensión. Eran los días de la doctrina terrible de “hay que matar sesenta campesinos para que mueran tres terroristas”. Evidentemente, los responsables no fueron sólo los ejecutantes inmediatos de los crímenes: sinchis o no, marinos o no, campesinos o no. Uchuraccay es la llave para abrir el arcano de una guerra que no ha revelado aún sus secretos. Es todavía una batalla por librar. Es la deuda de justicia que tenemos con los muertos del 26 de enero de 1983 y con los muertos de las masacres previas y de las que vinieron después.
Es hora de establecer, ante la justicia y ante la historia, no sólo las circunstancias inmediatas de la ejecución de Uchuraccay y de los otros crímenes evocados, sino también la cadena de autoridad y de mando, y, por lo tanto, de responsabilidad por la orgía de sangre que duró más de quince años. Es hora de exigir la desclasificación de los archivos militares, tal como lo hacen hasta los países más celosos de su seguridad. Los mártires de Uchuraccay nos reclaman que terminemos la tarea que ellos se habían impuesto: ir en pos de la verdad.

París, 23 de enero de 2013

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lunes, 20 de agosto de 2012

CARTA ABIERTA A OLLANTA HUMALA

Esta carta la envíe el pasado 7 de agosto a la redacción de un importante diario limeño, La República, cuyo editor de la página de Opinión finalmente la publicó, muy recortada, en la sección Lectores. La pongo ahora, íntegra, en conocimiento de mis amigos y de los lectores en general. En algunas circunstancias, expresar los puntos de vista de uno sobre la marcha política del país es una necesidad; en este caso, hablarle con claridad al presidente Humala es, para mí, una obligación moral.
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UNA CARTA IMPOSTERGABLE
AL PRESIDENTE DEL PERÚ


Señor Presidente:
El 3 de julio pasado, la Policía Nacional y soldados del Ejército Peruano dispararon sus armas de guerra contra simples manifestantes en Celendín, Cajamarca, mi ciudad natal. El tiroteo criminal y selectivo dejó un saldo de cuatro muertos, entre ellos un adolescente, y decenas de heridos. Un quinto cajamarquino fue asesinado el mismo día, en Bambamarca, también a balazos, por la policía. Y un mes después, su gobierno, comandante Humala, ha prorrogado el estado de emergencia, mejor dicho las condiciones para que baños de sangre como estos se repitan impunemente.
Con los hechos del 3 de julio culminó una ola de violencia y agresión sin precedentes, contra la población de Cajamarca, por parte de la policía y la tropa que su gobierno ha enviado a la región para militarizarla e intimidar a los habitantes que se oponen a la devastadora minería que practica Yanacocha en la zona. “¿Por qué nos tratan así?”, imploró una humilde madre cajamarquina en una manifestación, en medio de una lluvia de balazos, culatazos, patadas y puñetes policiales. “¡Porque son perros, pues, conchetumadre!”, ladró con odio y rabia el uniformado que la atacaba. Desde entonces flotan en mi espíritu preguntas que me hubiera gustado hacerle en persona, comandante Humala: ¿Esa es la consideración que le merece a su gobierno la inmensa mayoría de peruanos? ¿Esas son las consignas que el poder ha dado a nuestros soldados y policías para que traten con sus hermanos? ¿Quién les ordenó atacar y matar de ese modo?
A la tragedia se suma una ironía cruel. Un año atrás, esos muertos, heridos y golpeados en su inmensa mayoría habían votado por usted, para que sea Presidente del Perú. Votaron por usted y por la esperanza, por la promesa que usted lanzó, libre y voluntariamente, en plazas y tribunas, de que los defendería, de que impediría que continúe el imperio de la minería salvaje y sus macabras prácticas, que incluyen la intimidación sangrienta, la violencia y la corrupción. Las víctimas han sido, pues, víctimas de quien creían su salvador.
Me hubiera gustado escribirle, señor Presidente, para saludarlo y felicitarlo por el primer año de su gobierno y por el cumplimiento estricto del programa que prometió a sus electores, a nuestro país, pero, ya ve, esto me es imposible. Aunque debo confesarle que abrigaba la esperanza de que en su reciente Mensaje a la Nación no sólo nos explicara las equívocas, erráticas y continuistas políticas que su gobierno aplica desde que llegó al poder, sino también, y sobre todo, que diera una explicación coherente y pidiera perdón a Cajamarca —anunciando sanciones— por los crímenes de Celendín y Bambamarca, hechos bárbaros e inimaginables en cualquier sociedad civilizada. Por eso esperé hasta el último día de julio y aun la primera semana de agosto, a la espera de una saludable rectificación. Nada de esto llegó.
Si usted y su gobierno creen que Cajamarca es un rincón perdido del país al que se puede humillar y despreciar impunemente están cometiendo otra trágica equivocación. Al respecto tal vez debo recordarle que en el pasado ya fuimos ocupados militarmente en dos ocasiones: en 1882, durante la guerra con Chile, y en 1932, después la revolución de Trujillo. En el primer caso, usted, como buen conocedor de nuestra historia, sabe que Cajamarca dio la última batalla victoriosa de los peruanos frente al ejército invasor chileno, que los jóvenes colegiales cajamarquinos, encabezados por Gregorio Pita, José Manuel Quiroz y Enrique Villanueva, dieron su vida en San Pablo en defensa de su tierra, sus ideales y su patria. Nada de eso está olvidado. Y en 1932, arriesgando mucho, los celendinos protegieron a los revolucionarios perseguidos y salvaron la vida, entre otros, del escritor Ciro Alegría, que iba a ser fusilado por los esbirros de la dictadura. Cajamarca sabe pues resistir y tiene de donde inspirarse.
He dudado antes de enviarle esta carta abierta, consciente de que el género epistolar ha perdido vigencia. Las circunstancias peruanas, y en particular las cajamarquinas, por la evidente voluntad de su gobierno de imponer el proyecto minero Conga, ilegal desde su raíz, hacen sin embargo este envío urgente e impostergable. Es obvio que si no hay una rectificación urgente de su gobierno en el actual conflicto, los costos, en todos los planos, para el Perú y Cajamarca, serán elevados y terribles. Le ruego por lo tanto que reflexione al respecto y vuelva a su programa original de gobierno. Es la única salida. Nadie le pide que haga la revolución, sólo que cumpla honestamente con su palabra y vuelva a su programa de transformación verdadera que un centenar de escritores e intelectuales avalamos y respaldamos, refrendándolo como garantes. El pueblo peruano le ha dado un mandato sagrado que no debe ser traicionado.
A estas alturas, señor Presidente, no me queda sino pedirle que reflexione sobre lo que implicará para usted y para su gobierno su obstinación por imponer un proyecto que la mayoría de la población de Cajamarca aborrece intensa y documentadamente, no por odio cerril a la modernidad ni al desarrollo como creen algunos maliciosos e interesados, sino porque la experiencia le ha hecho descubrir hasta la saciedad lo que los ecologistas de todo el mundo saben ahora: que el ultraextractivismo minero devasta el planeta y mata la vida. Usted está en el centro de una página decisiva de la Historia del Perú. Usted elige cómo quedará registrado en ella para siempre.
Atentamente,

Alfredo Pita

París, 5 de agosto de 2012.
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miércoles, 4 de julio de 2012

UN POEMA: En la hora decisiva

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Canto a Celendín


A los mártires de las lagunas.

A los jóvenes de mi tierra,
en la hora de su combate decisivo
contra la depredadora minera Yanacocha.



Jóvenes de la Alameda,
De Colpacucho,
Del Cumbe y de las Bajeras,
De la Calle del Comercio y de la Feliciana.
Jóvenes de siempre,
De ayer, de hoy y de mañana,
Ha llegado la hora finalmente,
La hora decisiva, nuestra hora.

Ustedes llevan la bandera,
Ustedes llevan la antorcha
De la justicia
En el corazón y la frente.
Y han sido convocados.
Hemos sido convocados.
Ha llegado la hora
De defender nuestras fuentes puras,
De defender la vida y la tierra entera,
De defender al hombre de los lobos humanos.

Jóvenes de Celendín,
Hijos de la esperanza y de los libros,
Hijos de un sueño herido
Pero jamás abandonado,
Ustedes defienden el futuro
Y el pan limpio de nuestros hijos.
El pan pan, y el pan cielo,
Y el pan agua, y el pan tierra,
El pan de la vida digna y respetada.
El pan nuestro,
Hecho de trigo y de cebada buenos,
Pero también de belleza y de justicia,

El pan nuestro,
Caliente siempre en el horno
De la tarde solar y eterna de cada niño
Al que hoy nos piden traicionar.


Jóvenes de Celendín,
Ha llegado la hora, nuestra hora.
No miren atrás ni a los costados,
No estamos solos en esta hora grave,
Miles de hombres y mujeres de la Tierra
Nos acompañan de cerca o de lejos
Con su aliento y su mirada fraterna.
Ha llegado la hora, nuestra hora.
Nuestra tierra, nuestra patria pequeña,
La madre que nos hizo ricos
Con lo poco que tenía, que era mucho,
Está hoy amenazada por las bestias del cálculo.
Ha llegado la hora, nuestra hora.

Hijos de las lagunas junto al cielo,
De los altos cerros de Jelig y de Tolón,
De Bacón y San Isidro, la colina santa,
Del Huauco bravío y de Huacapampa la bella,
De Molinopampa y Sorochuco altivos,
De los ariscos Jerez, Huasmín y El Sauce,
De los dulces Salacat, Malcat, Pallán y Santa Rosa,
Y de más allá, del Oriente, y también del horizonte,
Donde el día se acuesta cantando sus promesas
De todos los rincones han surgido
Padres, madres, hermanos,
Nuestros viejos maestros con sus libros hechos de luz.

No estamos solos en este combate crucial.
Cueste lo que cueste,
Vamos a fundar el nuevo día,
Un nuevo mundo, sin odio y sin veneno,
Un mundo nuevo donde todos
Podremos beber el agua pura,
El agua agua, el agua limpia de la justicia,
El agua pura de la libertad y la equidad,
El agua pura de la hermandad
Con la que bautizaremos siempre a nuestros niños.

Nuestros padres fundaron nuestro pueblo
Para defender la vida, no para aplastarla,
Para cultivar la tierra, y también la palabra y el espíritu.
Ha llegado la hora, nuestra hora,
De defenderlos también a ellos,
A los viejos soñadores que pensaron
Que nuestro valle era el trozo de paraíso
Que de antiguo les estaba prometido.
Las fieras no van a destruirlo, no lo vamos a permitir.
Nos animan nuestras raíces hondas y fuertes
Además del más puro sentimiento de justicia.
Nos anima un modo de ver la vida que nuestras madres
Nos han dado con su pecho y sus canciones.

Jóvenes de Celendín,

Hombres y mujeres de mi tierra.
Ha llegado la hora, nuestra hora
Estamos luchando por el agua y la vida
Por el respeto del cielo y la tierra nuestros,
Pero también, que lo sepan todos,
Por nuestra dignidad amenazada.
Y por la dignidad de todo hombre,
Y de toda mujer,
Y de todo niño,
Del grande y del pequeño,
En todo lugar, encumbrado o llano, de nuestro planeta.
Esta es nuestra hora, hermanos valientes,
Esta es nuestra tarea, en esta noche en que aúllan los lobos.


Alfredo Pita
4 de julio de 2012

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viernes, 1 de octubre de 2010

ELECCIONES: Un voto por el futuro

MI VOTO POR SUSANA VILLARÁN

Por Alfredo Pita
¿Por qué este domingo, desde lejos, votaré, in pectore por supuesto, por Susana Villarán, la candidata del movimiento Fuerza Social para la alcaldía de Lima? Aquí, mis razones.
En 1980, luego que la Constituyente de 1979 revelara el gran campo electoral que había conquistado la izquierda, todas las esperanzas estaban permitidas para que en el Perú, a corto plazo, el campo popular llegara al poder por las urnas, por la primera vez en la historia, reeditando la proeza del socialista Salvador Allende, en 1970, en Chile.
La elección de Alfonso Barrantes, en 1984, como alcalde de Lima, reafirmó esta posibilidad. Barrantes fue elegido por el pueblo no sólo para que resolviera problemas sino también para que paliara una compleja situación de crisis política en el campo popular que comenzaba a dispararse en aquel momento. No lo logró.
La insurgencia demente de Sendero Luminoso, en 1980, y la represión implacable que desató el poder, que se ensañó sobre todo con las inermes poblaciones campesinas de la zona del conflicto, minó poco a poco la opción de la izquierda democrática y, este fracaso, creó las condiciones para que en los siguientes 30 años los peruanos sufrieramos el imperio de la derecha nuestra, pacata, ignara, huachafa, violenta, corrupta y antinacional.
Esta etapa ha terminado. Todo parece indicar que el pueblo peruano está despertando de su letargo y se niega a seguir siendo manipulado por los fariseos de siempre. Por este nuevo amanecer, y por nuestros hijos, por los niños peruanos de hoy y por los que vendrán, este domingo todos debemos votar por el futuro, por nuevas políticas para nuestra sufrida sociedad, más democraticas, modernas e inclusivas, menos racistas, más respetuosas del ser humano.
Votemos por Susana Villarán, a quien no conozco personalmente, pero que es, sin duda alguna, quien mejor representa, hoy entre nosotros, estos nuevos valores. Lo prueban la avalancha de ataques taimados que está sufriendo de parte de los medios que sirven los intereses de quienes siempre privilegiaron su bolsillo antes que la salud o la educación del pueblo peruano. Esto me basta.
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sábado, 11 de septiembre de 2010

LA CONCIENCIA, LA MEMORIA Y LA IMPUNIDAD

FRENTE AL INICUO DECRETO 1097

Por Alfredo Pita
En un clima que creíamos superado, de manipulación de la opinión y de explotación de los miedos que aún genera el terrorismo, el gobierno peruano y sus adláteres se están esforzando por montar un marco legal que sustituya leyes actualmente vigentes, con el propósito de garantizar la impunidad de criminales que cometieron, en las últimas décadas, en medio de la lucha contra la subversión, delitos de lesa humanidad contra la población.
No se puede interpretar de otro modo la aprobación de instrumentos como el Decreto 1097, que busca anular en forma elusiva y taimada –por el tiempo transcurrido, por falta de pruebas o por otras razones mañosas— los procesos en marcha contra militares que violaron los derechos humanos durante la guerra interna. Estamos ante un claro intento de iniciar, e imponer, un proceso de impunidad más amplio de lo que parece, que beneficie a estos procesados y a otros, que aún no lo están, por delitos similares.


Unos 123 campesinos, entre ellos mujeres y niños, fueron masacrados por el ejército en Putis, en 1984, y enterrados en fosas comunes, en una de las mayores matanzas de civiles durante el conflicto interno peruano. Foto BBC Mundo.

Como si no bastara con la inaplicación de las recomendaciones de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, que debieron precisamente haberse aplicado para que nuestra sociedad superase los traumas de la guerra interna y los heredados de la historia, traumas estos últimos que permitieron el desmadre de la violencia de los 80 y 90, ahora tenemos que en el Perú hay autoridades que quieren reeditar la Ley de Punto Final argentina y otros engendros legislativos del mismo corte.
El caso es que, como lo han demostrado los casos argentino y chileno, y otros, por más que se intente cercenar la memoria de los pueblos, ésta siempre permanece, y, le pese a quien le pese, al final siempre impone la sanción que los crímenes merecen. De nada servirá barrer pues, como se intenta ahora, la basura bajo la alfombra con decretos fraguados por intrigantes y tinterillos. A la larga, la sanción, impuesta por la justicia peruana o por los tribunales supranacionales competentes, caerá sobre los responsables, puesto que los crímenes de lesa humanidad son internacionalmente imprescriptibles.
Si por el particular carácter de las instituciones peruanas, o por alguna otra falla, los criminales al final lograran burlar la sanción, ésta de todos modos llegará, porque la memoria colectiva, y selectiva, se encargará de alimentar a la Historia. Los criminales de todos modos serán sancionados, aunque sea moralmente, de cara al futuro.

En agosto de 2009, familiares de las víctimas de la masacre cometida en Putis, trasladaron los restos de 92 civiles hacia su sepultura definitiva. Foto BBC Mundo.

Durante la guerra interna, las fuerzas armadas se enfrentaron a las bandas terroristas y las derrotaron. El problema es que, en este empeño, muchos militares secuestraron, torturaron, violaron, asesinaron y desaparecieron a miles de civiles peruanos inocentes, campesinos quechuahablantes en su mayoría. Ni la sociedad ni los militares peruanos tendrán paz ni futuro si las fuerzas armadas y el poder no deslindan y rompen con este pasado, pidiendo perdón a las víctimas en primer lugar. Todo esfuerzo en sentido contrario no sólo será una farsa sino también otro crimen.
El escándalo del Decreto 1097 está provocando en el país fuertes reacciones individuales e institucionales, y no es para menos. El Perú y los sectores conscientes de la sociedad peruana están otra vez en un momento decisivo de la historia. Estamos ante un momento de quiebre no sólo político sino moral, que afecta a toda la colectividad nacional, por lo que el deber de todo ciudadano peruano informado y responsable es alzar la voz y decir lo que nos dicta la conciencia.
Ante esto, quisiera dirigirme al “gremio” de los escritores, por llamarlo de algún modo. Los escritores peruanos, y los creadores en general, debemos ponernos de pie en esta hora, tan numerosos como podamos, para protestar por estas maniobras indignas de la democracia que se dice que vivimos.
En una sociedad como la peruana actual, en que la incultura es cultivada con ahínco, para manipular precisamente a las masas adormecidas, la voz de los intelectuales, de los que se supone entienden mejor lo que pasa, debe alzarse para alertar a nuestros conciudadanos. Esta actitud cívica es hoy más que nunca necesaria. Callar ante los hechos que vemos es arriesgar, como en los años 80, pasar por ingenuos, por interesados o por cómplices.

París, 10 de septiembre 2010.