Por Gilbert Shang Ndi**
Crédito de la foto Francesco Gattoni

Gilbert Ndi Shang [GNS]: Muchas gracias por aceptar esta conversación sobre su actividad literaria y sus ideas sobre el fenómeno de la violencia en la sociedad peruana. A nivel personal, usted vivió una época decisiva en la historia del Perú, trabajó en la región de Ayacucho, donde estalló la violencia en los años 80.  ¿Cómo fue esta experiencia?
Alfredo Pita [AP]: Ese conflicto, que empezó en 1980 y se prolongó hasta mediados de los años 90, lo viví en forma directa y, a la vez, marginal. A comienzos de los años 1980, como periodista trabajé en Ayacucho, en el centro mismo de la violencia, pero en 1983 viajé a Europa y desde entonces vivo en Francia. Sin embargo, si bien mi base de trabajo se volvió europea, nunca me desvinculé del Perú. Conozco bien mi país, y no sólo porque fui testigo la violencia de los 80, en su primera etapa. Por ello, antes de seguir hablando de violencia en el Perú, debo precisar que las actividades terroristas del grupo maoísta Sendero Luminoso precipitaron una represión masiva, irracional, y también terrorista, de parte del Estado, y que el enfrentamiento de ambos factores generó una sangrienta guerra sucia que provocó una hecatombe de víctimas civiles, sobre todo campesinos quechuahablantes, pero también que el Perú vive un conflicto muy viejo, aún no resuelto, un conflicto en el cual lo de los años 80 y 90 sólo fue un episodio..

[GNS]: Me interesa su punto de vista de que la guerra de los años 80 sólo fue un episodio, sangriento, de otro conflicto. ¿Eso significa que por otro lado hubo, o hay, una violencia, digamos pacifica, no épica, pero que sigue siendo violencia. ¿Puede aclarar este punto?
AP: Exactamente, he conversado últimamente con algunos peruanos jóvenes, con algunos intelectuales, que insisten en que debemos tomar en cuenta y valorar, que ahora ya no hay terrorismo, violencia. Es una visión oficial, miope, que no toma en cuenta que el Perú arrastra a través su historia conflictos muy duros. El Perú fue en el pasado una sociedad colonial, lo que, por la naturaleza misma del modelo, implicaba la imposición y la violencia ejercidas por el grupo oligárquico que hacía de intermediario entre la base social y la alta jerarquía colonial. Ese grupo estuvo obligado desde el comienzo al papel de colector de la riqueza necesaria para financiar el tren de vida de la metrópoli colonial, y su propio tren de vida, por supuesto. Teóricamente eso terminó hace dos siglos, cuando el Perú se independizó de España. Desgraciadamente, el modelo colonial persistió, siguió su curso, sólo que el Perú ya no respondía a Madrid sino a Lima y a que la oligarquía peruana respondía a otras estructuras neocoloniales, a Inglaterra, Estados Unidos. De uno u otro modo, el modelo siguió vivo. Como usted  decía, hay una violencia, sutil y poco épica a veces, pero que cuando es necesario deviene violenta y terrible. El orden de cosas neocolonial sigue imponiendo sus condiciones, que siguen siendo muy duras para la mayoría de los peruanos. Esto, para mí, también es violencia.
 
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[GNS]: Esta situación es parecida a la de África. La mayoría de nuestras naciones lograron su independencia pero el control económico de alto vuelo quedó en manos de las potencias neocoloniales. Aunque la situación en el Perú es diferente. España, por ejemplo, no tiene la misma influencia en el Perú que tiene Francia en la África francófona.
[AP]: El modelo económico era diferente. Las independencias africanas son hechos del siglo XX. Había una configuración colonial mucho más visible. El hecho colonial no se daba del mismo modo. El imperio español fue destruido por el auge de las ideas liberales, que empujaron el dominio del imperio británico. Francia invadió a España, pero luego Inglaterra destruyó el sueño de Napoleón de federar a Europa bajo su despotismo ilustrado, digamos. Inglaterra se impuso como la gran potencia colonial planetaria. No sorprende que para liberarse de España, para lograr su independencia, los países latinoamericanos hayan buscado el apoyo de Francia e Inglaterra. Esto conllevó, con frecuencia, el reemplazar los lazos coloniales por los neocoloniales que impusieron estos dos países. El fenómeno no se dio de la misma manera en África.

[GNS]: ¿Y la influencia estadounidense?
[AP]: Con la evolución de las hegemonías en occidente, por la fuerza de las cosas, desde hace más de un siglo hemos caído en la esfera de influencia de Estados Unidos, que nos ha impuesto su propio sistema de control y dependencia. En el caso peruano, ahora somos una sociedad neocolonial sometida al dominio estadounidense.

[GNS]: Volvamos al problema de la violencia. En el Perú hay una gran variedad de razas, así como de clases y estratos económicos. ¿Se puede decir que la violencia se manifiesta siguiendo el entramado racial, las diferencias entre razas y clases?
[AP]: El periodo colonial estableció una jerarquización racial. Europa se proponía como el centro de la civilización. Las periferias, ocupadas por los pueblos indígenas, por pueblos de color y culturas diferentes, eran considerados por supuesto como inferiores. Esto permitió el sometimiento y la explotación de los indígenas americanos hasta el aniquilamiento físico, así como la esclavitud de los africanos. Esto culminó en las verdaderas hecatombes humanas que conocemos. El hecho colonial implica una visión racial de la sociedad. El Perú, desde el momento mismo de la conquista, quedó configurado como una sociedad fundamentalmente racista, y lo sigue siendo ahora. Tras el fin de la colonia, en la era neocolonial, vivimos un racismo impuesto por peruanos a otros peruanos. Está en el orden de cosas.
 
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[GNS]: Sin intentar darles razón, ¿esto justificaría el surgimiento de movimientos milenaristas violentos? ¿Se puede decir que la realidad histórica evocada crea unas condiciones ideales para el surgimiento de movimientos terroristas?
[AP]: Si, obviamente. En el Perú se impone a las poblaciones de las provincias de los Andes, o de la Amazonía, condiciones de vida muy difíciles. Hasta podríamos interrogarnos por qué no hay más rebelión, por qué no hay más resistencia. Esto podría explicarnos por qué fenómenos como Sendero Luminoso tuvieron un cierto desarrollo. Naturalmente, esto no justifica a Sendero. Este grupo sectario le hizo un daño inconmensurable al movimiento popular en el Perú. Esto lo afirmo basándome en una realidad, en el hecho de que el pueblo peruano, tras las luchas de los años 60 y 70, había entrado en una fase acelerada de toma de conciencia y de organización política. En los años 70 y comienzos de los 80 en todo el país había una gran movilización social, cultural y política. Al lanzar su guerra contra el Estado, Sendero Luminoso, por supuesto, pretendió apoyarse en la frustración, sufrimiento, resentimiento e insatisfacción de la gente. Pero los métodos que empleó no sólo facilitaron la terrible política de represión y escarmiento que aplicó el Estado contra los civiles sino que a la larga destruyó al movimiento popular, alejó a la gente del ideal de cambio social, mató en el huevo y desarticuló un proceso social que estaba evolucionando de forma interesante y muy creativa.
Por primera vez en la historia del Perú el sector popular parecía estar configurando una fuerza política capaz de cambiar las cosas. Todo esto fue destruido por el surgimiento y la violencia de Sendero. El grupo maoísta creó, de este modo, las condiciones para la llegada de la dictadura de Fujimori. Ahora hemos vuelto a una situación de dominación política y sociocultural comparable a la de mediados del siglo XX, con otras características, obviamente. Hemos retrocedido, gracias a Sendero. Esto sin contar las decenas de miles de víctimas civiles que dejó el conflicto.
Dicho esto, es cierto que las condiciones de vida que impone la sociedad peruana ofrecen razones para que el sector popular se rebele, pero el sector popular tiene instinto. Esto se vio en los años 80-90. Sendero Luminoso, como grupo o movimiento, nunca apasionó a las masas. En todo caso, el pueblo peruano rápidamente se dio cuenta que la aventura de Sendero iba a traer no sólo sangre, sufrimiento y muerte, sino que luego vendría la destrucción, como ocurrió.
Sendero provocó la regresión que vivimos ahora: la destrucción del movimiento popular, de los avances sociales, de los sindicatos, de las asociaciones, etc.

[GNS]: ¿Cómo explicar la atracción a la ideología milenarista de Sendero Luminoso en el seno de la clase intelectual peruana? Todos esos profesores, intelectuales y maestros que formaban parte de Sendero.
[AP]: En otros países latinoamericanos, en África, o Asia, otros movimientos de rebelión fueron encabezados por intelectuales. En el caso de Sendero Luminoso, en el Perú, no se trató de un movimiento milenarista, sino de un fenómeno de corte marxista que tiene sus raíces en la evolución de la confrontación ideológica entre Unión Soviética y China. Sendero es uno de los tantos micropartidos peruanos que generó esa polémica y formaba parte de lo que se llamaba en el Perú, en esa época, el sector pequinés del Partido Comunista. Sendero no era un partido importante para nada. Era un partido sectario, muy primario en su discurso y su concepción de las cosas, que suscribía las tesis de Mao Tse Tung por encima de todo. Por esto, Sendero no era un movimiento milenarista. Sus dirigentes se movían dentro de una concepción positivista, materialista, sin el menor apego a la cultura quechua, a los mitos, etc. Tenían una concepción “moderna” de la sociedad y de la organización de la sociedad. Querían fundar una república de nueva democracia. Buscaban una modernización del esfuerzo común, basado en la solidaridad y dictadura. Hasta cierto punto, su visión era desarrollista. Estos intelectuales marxistas, muy primarios, hallaron un terreno de trabajo adecuado, que aprovecharon dentro de su concepción, pero rápidamente hallaron sus límites. Los dirigentes medios de Sendero no eran intelectuales de gran vuelo, eran cuadros partidarios formados dentro de la escolástica maoísta, si se puede hablar así. Sobre el jefe de Sendero se dice a veces que era un gran intelectual, un filósofo, etc. No lo era, nunca escribió una obra interesante. Además de ser el organizador de su grupo, sólo fue profesor y burócrata en una universidad de segundo plano.

[GNS]: ¿Tenía Sendero algún tipo de apoyo exterior, de un país como China, por ejemplo?
[AP]: No lo sé. Creo que no porque cuando se da el conflicto interno en Perú, en China la lucha interna en el partido de gobierno ya había llevado a la destrucción de los sectores que podían apoyar a Sendero. De hecho, cuando Sendero lanza sus operaciones, una de sus primeras acciones fue ahorcar perros en los faroles públicos, poniéndoles un cartel con el nombre de Deng Xiaoping, a quien acusaban de ser un traidor.
 
El escritor Alfredo Pita
El escritor Alfredo Pita

[GNS]: Hablemos de su propia formación ideológica. He sabido que su padre fue un político importante. ¿Cómo lo impactó en su manera de ver el mundo y los conflictos sociales en Perú?
[AP]: Mi padre fue un político que estuvo inserto en un movimiento que fue importante, e incluso trascendente, para el Perú contemporáneo. Sin duda tuvo una influencia decisiva en mi formación y en mi percepción del mundo. Fue un contestatario radical dentro del Apra, sin ser nunca un extremista. Fue el primer secretario general del Apra Rebelde, la disidencia aprista que dio paso al Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), que lanzó la lucha guerrillera en 1965. Mi padre tenía concepciones radicales pero no irracionales como la que motivaron a Sendero. El MIR lanzó la lucha armada porque no había otra solución, una concepción completamente diferente a la imposición maoísta. Sin proponérselo, con su discurso y su vida, con su ética, mi padre me formó, por supuesto, contribuyó a mi visión del mundo y de los problemas peruanos.

[GNS]: Usted ha vivido experiencias muy difíciles durante la guerra interna. Perdió a colegas y amigos. ¿Cómo le afectaron esas pérdidas?
[AP]: Las pérdidas en el Perú de los 80 fue un fenómeno masivo, que tocó muy de cerca a mucha gente. Miles de personas perdieron a padres, hijos, hermanos, familiares. No fue mi caso, no hubo pérdidas en mi entorno familiar, pero sí entre mis amigos y en el marco laboral. Al comenzar los 80 trabajaba como periodista y perdí a varios colegas y amigos. Está el caso de la masacre de Uchuraccay. Allí murieron varios colegas que conocía y dos amigos muy queridos, Enrique de la Piniella y Pedro Sánchez. Pero esa tragedia se dio en el medio de una ola de violencia que por años afectaría a miles de peruanos y, en particular, a miles de familias campesinas.

[GNS]: Usted vive en Francia desde hace décadas. ¿Cómo se define, como un exiliado o como un inmigrante?
[AP]: Llamar exilio a mi aventura europea seria inexacto. Decidí emigrar por un conjunto de factores diversos: tenía problemas profesionales y familiares. En el Perú no tenía posibilidades de ningún desarrollo. Yo trabajaba para la prensa de izquierda y en los 80 que otros medios le den trabajo a una persona como yo era muy difícil, si no imposible. Mis problemas familiares eran muy graves. La cuestión es que llegué a la conclusión de que tenía que partir, de que no tenía otra salida. Fue algo muy consciente. Ahora, de hecho, toda inmigración, inclusive la económica, con frecuencia implica un exilio, un desarraigo brutal y que se vive mal. En mi caso, la decisión de irme del violento y terrible Perú de los 80, fue de algún modo un exilio, pero voluntario.

[GNS]: La inmigración, el instalarse en un lugar ajeno a su propio país siempre es una experiencia ambigua y condicionante. ¿Cómo impactó el hecho de vivir en Francia en su manera de ver el Perú y de escribir sobre este país?
[AP]: A mí la escritura me acompaña desde muy temprana edad, pero es cierto que en el Perú, y sobre todo en el Perú de los 80, plantearse y desarrollar un proyecto creativo no era para nada fácil. Desde siempre, el Perú impone a la gente condiciones muy duras de sobrevivencia, pero en esa época las cosas se agravaron terriblemente y los efectos duran hasta hoy. La tensión y la necesidad desgastan, impiden la reflexión creativa.
En esa época escribía muy poco, tomaba notas, pero no hice nada importante para mí mismo. Partir, irme del Perú, instalarme en Francia, con el tiempo me dio el silencio mental que necesito para que mis proyectos creativos se desarrollen. Soy consciente de que me beneficio del entorno cultural que ofrece una sociedad como la francesa. Aún hoy siento que aislarme en una biblioteca pública parisina es un lujo impensable en el Perú de hoy. Y cuando pienso esto siento enorme gratitud hacia Francia y una gran tristeza por mi país, donde espero que las cosas cambien un día.
En resumen, gracias a la distancia he podido reflexionar sobre el Perú, he puesto la historia y la actualidad en perspectiva, y, obviamente, esto me ha ayudado mucho en mi trabajo literario.

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[GNS]: Hay que decir que el exilio no siempre ha sido una experiencia tranquila para todos. Algunos escritores inmigrantes en Europa o Estados Unidos, procedentes del sur del mundo, se quejan de haber sufrido violencia racial, etcétera. ¿Cómo ha sido su experiencia? ¿El hecho de ser un escritor peruano en Francia no ha sido un inconveniente?
[AP]: Sería muy injusto de mi parte responder que eso fue un inconveniente para mí. Al contrario, creo que eso me ayudó. En toda sociedad hay sectores atrasados, primarios, chauvinistas, incluso en Francia, pero sería injusto, repito, decir que yo sufrí por ser peruano. Mi primera novela tuvo muy buena acogida, en el medio editorial y en la prensa, entre otras cosas, supongo por la curiosidad que suscita mi país. En algunos momentos he vivido situaciones de incomprensión, sobre todo en el ámbito laboral, periodístico, pero no de rechazo. No puedo decir que haya sufrido las limitaciones que sé que tienen algunos escritores africanos o de los países árabes pero, incluso pensando en ellos, creo que Francia es todavía un horizonte cultural abierto, curioso y muy acogedor.

[GNS]: Volviendo al Perú, actualmente hay un fenómeno, un verdadero resurgimiento de la escritura de la violencia. Me doy cuenta que la escena literaria sigue dominada por la novela. Usted ha escrito poesía, pero es mejor conocido como novelista. En su opinión, ¿qué es lo que hace que este género sea tan hábil para captar la experiencia de la violencia?
[AP]: Mi concepción de la novela está en las antípodas de la novela “light” que en los últimos tiempos se ha intentado imponer, sobre todo en América Latina. Simplificando las cosas, le diré que para mí la novela es como la ópera, un género potente que puede englobarlo todo. No es solamente un relato que se escribe con palabras y se encierra en un libro. Es relato, sí, con todas sus infinitas variaciones, pero también es dramaturgia, poesía y música. Incluso puede incluir consideraciones sociológicas, filosóficas, políticas, etcétera. De ahí que en el Perú sea el género que más se ocupa de nuestra violenta realidad. La novela no es sólo un género, es la ambiciosa expresión del relato que acompaña al hombre desde sus orígenes, del relato multiforme que ha permitido el desarrollo de la conciencia de la humanidad. Yo nunca entendí lo que quería decir la gente que, sobre todo en Francia, en un determinado momento, pronosticaba el fin de la novela. Es como los que pronosticaban la muerte de esa entelequia que es Dios…

[GNS]: O la muerte de la historia…
[AP]: ¡Exacto! Ese tipo de programas que son más bien invitaciones para que la gente repiense algunas cosas. Son como provocaciones. A la novela hay que verla en toda su dimensión, como lo que es: un enorme reto.
En el Perú, cuando yo era joven, había pocos novelistas y muchos poetas. La gente que se interesaba en la literatura y en la creación empezaba escribiendo poesía. Ese fue mi caso. Comencé escribiendo poesía, pero no me sentía gusto en ese marco, no me era satisfactorio. Poco a poco me di cuenta por qué. No era el medio de expresión adecuado, el que yo necesitaba. Gradualmente me orienté al relato, al cuento. Luego pasé a la novela, pero teniendo en cuenta bien mis referentes, la tradición y las obras que me habían formado. Este proceso fue muy reflexivo y me ha llevado años.
En la actualidad, cuando la mundialización ha llegado también al hecho cultural, vemos en el Perú, como en todo lado, una especie de imperio de la novela. Y allí hay que tener cuidado: es una moda, un fenómeno socioeconómico. En la nueva cultura, que es una cultura de las marcas, del “marketing”, es prestigioso ser escritor. En mi época, ser escritor, hacer uso de la palabra, conllevaba una responsabilidad y, en general, asumir una actitud contestataria frente a la realidad, a la sociedad. Ahora es ser  “exitoso”… En medio de la explosión de producción literaria guiada por el “marketing”, tengo la impresión de que los nuevos escritores —no todos, por supuesto, no hay que generalizar— no siempre se plantean cuestiones engorrosas como la responsabilidad y la crítica frente a la sociedad, incluso si ésta es inicua, injusta y violenta. Con todo esto no quiero decir, en absoluto, que el escritor deba lanzar soflamas revolucionarias ni propalar ideologías, lo que me parecería aborrecible y ridículo. Desde mi punto de vista, el escritor, y el artista en general, debe ser siempre un rebelde, un inconforme.
 
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[GNS]: Hablando de su obra, ¿fue un desafío mayor escribir sobre la violencia en una nación donde los hechos de la violencia están todavía en discusión, escribir sobre un tema lleno de contradicciones, debates, controversias y múltiples interpretaciones del pasado?
[AP]: Fue un desafío, sí, pero no sé si mayor. Para mí es natural. Me preocupan las falsas polémicas que surgen de tiempo en tiempo en el Perú: el discurso que sugería que ya la etapa de la confrontación ha pasado, que debemos escribir de otras cosas, los ataques a la memoria como ingrediente del hecho creativo, los que hablan de la necesidad de una literatura posconflicto, etc. Todo eso me parece que son los flecos del mismo discurso reductor, reduccionista, y creo que es sospechoso. Como decía al comienzo, para mí hablar de la violencia no es sólo evocar a Sendero y al Ejército cometiendo sus masacres. La sociedad peruana vive en medio de una violencia estructural, cotidiana, antigua, permanente.
Con el tiempo he aprendido que el desafío es hablar de todas las otras violencias, que son tal vez las más graves porque están incrustadas en las mentes, en los hábitos de la gente. Hay escritores en el Perú que dicen: “no, yo no quiero ser considerado un escritor de la violencia.” Sus razones tendrán. Me pregunto cómo van a hacer para sustraerse del Perú, el país de la terrible y vieja sociedad de la desigualdad y las castas, para evitar terminar escribiendo de uno u otro modo una literatura de la violencia.
A mí cuando me dicen que soy un escritor de la violencia no me ofendo. No me parece injusto ni disparatado, porque siempre he sido consciente de la violencia en nuestra sociedad y el tema me interesa mucho. Yo puedo escribir sobre las flores o sobre los divorcios de mi tía, pero si el tema mayor de la violencia muestra sus orejas no lo voy a rechazar por cálculos de mercado o porque a los dueños de los grandes medio de comunicación no les gusta. Yo siempre escribiré sobre lo que quiero. El problema es que tomo mis temas de la sociedad que me formó y en la que vivo inmerso incluso cuando estoy lejos, y esta sociedad ha sido, es y seguirá siendo, me temo, muy violenta.

[GNS]: Una última pregunta. ¿Qué deberían hacer, según usted, los gobernantes del Perú para establecer una sociedad más equilibrada, con menos injusticias entre razas y clases? Sé que es una pregunta difícil para cualquier persona.
[AP]: Sin caer en ningún extremismo, creo que los gobernantes peruanos deberían propender sobre todo a la autonomía política, a una cierta autonomía económica y a la independencia cultural. Sé que es una utopía en este mundo globalizado, pero creo que la gente que no tiene una visión cultural propia, una visión clara de lo que es su propia sociedad, es gente que difícilmente puede respetarse a sí misma y, por lo tanto, no puede hacerse respetar por los demás. El hecho neocolonial se funda en esta falta de respeto. Cuando la potencia dominante cree que puede hacer en tu país lo que quiere,  imponer la política que quiere, y tú no eres capaz de oponer ninguna resistencia, entonces todo es posible en el plano de la dominación y el abuso, y esto también es violencia.
En el Perú no tenemos gobernantes mínimamente formados, mínimamente conscientes de que no hay desarrollo para la sociedad si se mantiene el esquema de la sumisión, de la aceptación del hecho neocolonial. Con el pretexto de que el neoliberalismo ha triunfado en todo el planeta, nuestros gobernantes aceptan todos los excesos del nuevo orden. En el Perú de hoy no hay límites ni freno: se destruye la naturaleza, se somete a las poblaciones a condiciones de vida infames, inaceptables. Un gobernante que permite todo eso es un cómplice, es un factor más de la destrucción y el retroceso. Y esto es normal, nuestros gobernantes son los que nos imponen las elites de siempre, las que nunca nos permitieron avanzar hacia una verdadera independencia. Pero no me desespero. Creo que de todos modos vamos hacia eso.
Otros países latinoamericanos han dado pasos en este  sentido.  Creo otros darán otros pasos. Avanzamos, lentamente, pero avanzamos. Es el desafío para nuestra sociedad. En la medida en que no podemos declarar la guerra a Estados Unidos y hacer que nos devuelvan todo lo que nos han tomado, vamos a avanzar progresivamente hacia el respeto. Todo aquel que no trabaje en este sentido es cómplice objetivo del orden actual, que es un orden destructor.


Alfredo Pita con Julio Ramón Ribeyro. París, 1992. 
Alfredo Pita con Julio Ramón Ribeyro. París, 1992.
 
[GNS]: Antes de terminar nuestra conversación, ¿usted tiene un nuevo proyecto literario?
[AP]: Tengo varios. Actualmente avanzo una novela que transcurre en París, en el barrio chino de esa ciudad, con personajes asiáticos y latinoamericanos. Era mi intención hacer un “thriller” latinoamericano en París, pero el proyecto ha sido invadido poco a poco por la violencia peruana, lo que me sorprende sólo a medias.

[GNS]: Muchas gracias por sus ideas y sus inteligentes respuestas.
[AP]: Gracias también.

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*(Celendín-Perú, 1948). Escritor y periodista. Obtuvo el Premio al Poeta Joven (1966), el Premio el Cuento de la 1000 Palabras de la revista Caretas (1986 y 1991) y el Premio Internacional de Novela Las Dos Orillas (1999). Estudió Literatura y Sociología en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (estudios que no culminó); más tarde estudió Literatura y Periodismo en Francia. Trabajó para la Agence France-Presse. Ha publicado en poesía Sandalias del viento (2001); narrativa las reuniones de cuentos Y de pronto anochece (1987), Morituri (1990), Extraños frutos (2010); y en novela El cazador ausente (1994 y 2000) y El rincón de los muertos (2014).

**(Nkambe-Camerún, 1982). Poeta e investigador. Bachiller en artes por la Universidad de Yaounde 1 y phD. en Literatura comparada por la Universidad de Bayreuth (Alemania). Actualmente, se desempeña como académico asistente en la Academia de Bayreuth para Estudios Africanos Avanzados. En 2013 se hizo merecedor de la beca DAAD-Alemania.